Prehistoria y Edad de los Metales
Puede sorprender que empecemos la historia de la Prevención desde tan lejos, nada menos que hace miles de años. Sin embargo, como comprobaremos en las siguientes líneas, tiene un enorme sentido la mención de esta época para entender nuestro presente.
No entraremos a valorar cuál es el origen de las especies ni negaremos divinidad alguna, pues el hecho de justificar la evolución de las especies no debe estar peleada con la fe en ningún caso. De hecho, parece innegable que las especies evolucionan y que los genes que ahora tenemos nos han permitido sobrevivir y otros, menos válidos para la Naturaleza, se han perdido en el camino.
Pero, si un ser humano no supera un centenar de años para cambiar su entorno, y finalmente deja el relevo en su descendencia, la Naturaleza necesita varios cientos o miles de años para hacer evolucionar una especie determinada de forma completa. Por eso, quizá para la Naturaleza somos todavía esos Neanderthales que vagaban por zonas salvajes buscando sus alimentos mediante la caza o la recolección y que poco después se organizaron formando pequeñas casas donde comenzaron a fraguarse sus ciudades, olvidando casi para siempre el comportamiento nómada.
De todo esto se puede deducir, que para la Naturaleza somos seres vulnerables enfrentándonos a los cambios climáticos, ágiles, que dedican varias horas vagando para conseguir una presa, o varias horas recolectando con sus manos los tesoros de la tierra. Nada más lejos de la realidad en nuestro día a día actual. Por eso, todavía la Naturaleza no ha sido capaz de modificar los genes precisos que se adapten mejor a la nueva situación de sedentarismo y alimentación rápida y copiosa para hacernos sobrevivir, y, a pesar de que los seres humanos hemos controlado a la mayoría de los enemigos de nuestra salud (gérmenes, suciedad, alimentos putrefactos…), nos encontramos con el peor de los enemigos sin controlar: nuestra propia forma de vivir.
Se sabe que los animales en la actualidad poseen un colesterol LDL (malo) en torno a 50-70 mg/dl, valor que no debe distar mucho de esa misma situación hace miles de años pues la evolución de la mayoría de las especies ha sido claramente menos marcada que lo ha sido la de los seres humanos. No es aventurado pensar que dadas las condiciones de vida en la Edad de los Metales, aquellos primeros hombres, tuvieran unos valores de colesterol similares a los del resto de los mamíferos. Por tanto, sería nuestro cambio de hábitos el que nos ha condenado al manejo inapropiado de nuestras enzimas y proteínas, y en consecuencia a poseer de forma “normal” valores entre 120-160 mg/dl, lo que en muchos casos y durante años hemos considerado dentro de rango normal. Hoy en día, aunque todavía aceptamos valores mayores, tales como 100 y hasta 115 mg/dl, es obvio que cuanto menor sea el valor del LDL el riesgo a padecer la enfermedad de los seres humanos (la aterosclerosis) es mucho menor.
Hay que pensar como eran nuestro ancestros y adaptándonos a nuestra realidad actual, comprender que nuestra propia evolución no debe olvidar que no siempre todo es para bien, que existen comportamientos humanos que hemos abandonado u olvidado. Quizá no es todavía demasiado tarde… y si lo es, por la cantidad de muertos que ya ha dejado a nuestras espaldas, es seguro que, sea cual sea nuestra edad, el aumentar el ejercicio y mejorar los hábitos dietéticos alterarían el devenir que los últimos años marcan las estadísticas.